La memoria como forjadora de identidad

familia-tradicionalDecía el filósofo griego que “nada hay en el intelecto que primero no haya estado en los sentidos”, es decir, conocemos a través de la experiencia sensorial, luego hacemos una abstracción que se convierte en una idea, éstas las relacionamos y surge un juicio que cuando los combinamos hacemos un raciocinio. Esto en una teoría del conocimiento realista, al estilo de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Éste nos enseña que además de los cinco sentidos externos tenemos también los internos (que son cuatro), de los cuales la memoria es uno de ellos. Según Santo Tomás tenemos una memoria a nivel meramente sensitivo, de la cual también los animales participan. Pero además, dice, tenemos otra a nivel intelectivo.

La memoria siempre hace referencia al tiempo, recordamos las cosas bajo ciertas circunstancias y movimientos. Somos capaces de recordarnos a nosotros mismos dentro de un lapso de tiempo continuo, eso nos da una identidad.

A este respecto podemos apuntar lo que dice Francisco en Amoris laetitiae, a propósito de cómo se va forjando nuestra memoria y, nuestra identidad por lo tanto: “Ante cada familia se presenta el icono de la familia de Nazaret, con su cotidianeidad hecha de cansancios y hasta de pesadillas […]Como María, (las familias) son exhortadas a vivir con coraje y serenidad sus desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y a custodiar y meditar en el corazón las maravillas de Dios (cf. Lc 2,19.51). En el tesoro del corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias, que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios” (n. 30). ¿Cómo entonces renunciar al dolor que sentimos y ha configurado también nuestra historia y nuestra memoria? ¿Cómo pues aceptar ese “ya supérenlo” cuando muchos hijos de nuestra patria siguen desaparecidos? ¿Cómo aceptar contra todo lo razonable “verdades históricas” que no arraigan en la realidad y por lo tanto tampoco en las mentes ni en los corazones? ¿De dónde tendrán que venir a decirle —como dijo el poeta de la canción— “más verdades a lo cierto”? Así están las cosas y han estado muchas otras que siguen esperando respuesta.

Francisco advierte que hoy circula una cierta idea de justicia en la que los ciudadanos se convierten simplemente en una especie de clientes que sólo exigen prestaciones de servicios (cfr. AL 33) y que cuando esta visión se traslada a la familia entonces “esta puede convertirse en un lugar de paso, al que uno acude cuando le parece conveniente para sí mismo, o donde uno va a reclamar derechos, mientras los vínculos quedan abandonados a la precariedad voluble de los deseos y las circunstancias. En el fondo, hoy es fácil confundir la genuina libertad con la idea de que cada uno juzga como le parece, como si más allá de los individuos no hubiera verdades, valores, principios que nos orienten, como si todo fuera igual y cualquier cosa debiera permitirse” (AL 34). Frente a esta afirmación contundente podemos preguntarnos: ¿pueden los hombres de Estado influir, con su forma de actuar y afirmar, a los miembros de nuestras familias o son las familias que han formado esa forma de pensar y actuar en algunos servidores públicos? El Papa Francisco incorpora un texto de los Obispos mexicanos a su documento de reciente publicación, en el que exponen la violencia intrafamiliar como un desafío en la época reciente: “Como indicaron los Obispos de México, hay tristes situaciones de violencia familiar que son caldo de cultivo para nuevas formas de agresividad social, porque «las relaciones familiares también explican la predisposición a una personalidad violenta. Las familias que influyen para ello son las que tienen una comunicación deficiente; en las que predominan actitudes defensivas y sus miembros no se apoyan entre sí; en las que no hay actividades familiares que propicien la participación; en las que las relaciones de los padres suelen ser conflictivas y violentas, y en las que las relaciones paterno-filiales se caracterizan por actitudes hostiles. La violencia intrafamiliar es escuela de resentimiento y odio en las relaciones humanas básicas» (AL 51).

Sí, toda forma de violencia marca  nuestra historia personal y social, da una identidad que permanece en la memoria y que no se borra por decreto. Es necesario emprender caminos urgentes de justicia, paz y reconciliación que purifiquen nuestra memoria e identidad. La memoria no sólo tiene que ver con el pasado, también puede ser constructora de futuro.

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